Pensamiento y lenguaje

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En este artículo entenderé por lenguaje la capacidad, exclusiva de los seres humanos, de emplear un sistema complejo de sonidos y signos articulados y estructurados para expresarse; por lengua el habla oral o escrita propia de cada grupo social humano; y por pensamiento los contenidos y procesos, adquiridos o heredados, conscientes o inconscientes, de nuestra mente.

«La idea de que el pensamiento es lo mismo que el lenguaje es una estupidez», señala el científico cognitivo Steven Pinker. Este investigador critica la hipótesis de los etnolingüistas Edward Sapir y Benjamin Whorf acerca de la relación entre el pensamiento y la lengua que usamos, conocida como «hipótesis de Sapir-Whorf», de la que existe una versión determinista (determinismo lingüístico) y otra más moderada denominada relativismo lingüístico. Según la versión fuerte, el pensamiento está determinado por las categorías de la lengua que uno habla. Según la versión relativista, lenguas distintas solamente producen ciertas diferencias en el pensamiento de aquellos que las utilizan.

No obstante, Pinker afirma que pensamiento y lenguaje son cosas dispares, autónomas, motivo por el cual la lengua no ocasionaría ningún efecto en el pensamiento. Basándose en investigaciones con personas sordas que carecen de lenguaje y en estudios con simios, concluye que existe un «idioma mentalés universal», un lenguaje del pensamiento exclusivo de la mente humana y diferente de cualquier otro.

El relativismo lingüístico es criticado con dureza por los teóricos de la lengua «universalistas» (como Pinker y Noam Chomsky), pues no reconocen que el lenguaje humano se diversifique en lenguas suficientemente divergentes entre sí como para generar disimilitudes cognitivas no triviales entre sus hablantes que originen una cosmovisión propia.

 

¿Los extraterrestres hablan en español?

El profesor Pinker asume la teoría de Noam Chomsky de que el lenguaje es una facultad hereditaria del hombre. Por su parte, Maite Ezcurdia, en su texto «Argumentos a favor del innatismo en el lenguaje», nos explica que según Chomsky todos nacemos con una «Facultad del Lenguaje» (FL) que supone una capacidad innata para adquirir, sin aprenderla, la lengua materna en un corto período de tiempo que finaliza a los tres o cuatro años (por eso la lengua hay que mamarla en la cuna). La FL contendría una «Gramática Universal» (GU) que poseería información heredada consistente en un conjunto de principios y parámetros (específicos del lenguaje) que restringen las reglas que han de considerar los niños en el proceso de adquisición de la lengua. Esto explicaría que, a diferencia de los adultos, en tan pocos años asimilen de forma correcta, sin ningún esfuerzo de aprendizaje y sin apenas enmienda de los padres, la complejidad morfológica, sintáctica, fonológica y semántica que todo idioma tiene. Este es el argumento más sólido utilizado por los innatistas chomskianos, llamado «argumento de pobreza de estímulo».

Derek Bickerton, en sus estudios sobre la lengua criolla en Hawái percibió que brotó en una sola generación; y teniendo una gramática tan compleja como cualquier otro idioma quedaría demostrada la existencia de instrucciones innatas. Igual conclusión se saca del desarrollo del idioma de signos de Nicaragua, también en el transcurso de una generación, a partir de una lengua de señas deficiente. Y de casos donde niños sordos no cometen los errores de los padres que les enseñaron una lengua de signos que conocían poco.

El fenómeno de la criollización recogido por Bickerton deja varias preguntas en el aire: ¿Cómo es posible que la GU contenga los elementos estructurales de lenguas que nunca existieron? ¿Ya no podemos crear gramáticas «ex novo»? ¿Tenemos los rudimentos de todas las gramáticas imaginables e inimaginables en el interior de nuestro cerebro al nacer? Estamos delante de una tesitura similar a la expuesta por el psicolingüista ―innatista extremista y determinista biológico— Jerry Fodor, cuando asegura que heredamos de nuestros antepasados unos cincuenta mil conceptos incluidos los de trombón y carburador, teniendo difícil explicación cómo aquellos ancestros pudieron concebirlos muchísimo antes de que se hubieran inventado esos aparatos.

En cuanto a los ejemplos de las personas sordas sería preciso conocer al detalle si las generaciones nuevas dispusieron de mayor información, mejor formación y más relaciones sociales que los integrantes de la generación anterior que hubieran favorecido su proceso general de instrucción y el aprendizaje correcto de la lengua. Asimismo, no debemos olvidar la importancia de la intuición (tanto para los que aprenden o adquieren una lengua como para aquellos que estudian cómo es que esto sucede), considerada por Descartes proveedora de evidencia dado que es «un concepto no dudoso de la mente pura y atenta que nace de la sola luz de la razón y es más cierto que la deducción misma». ¿O, acaso, es más racional recurrir a la entelequia de los principios y los parámetros chomskianos que a la intuición?

A los innatistas no les parece creíble que en menos de un lustro los niños adquieran una lengua, con la complejidad que todas tienen, sin una gramática heredada que los ayude. Pero esto no deja de ser un prejuicio.

Cabría la posibilidad de que la exacta y rápida asimilación del lenguaje por parte de los bebés no se deba a la herencia de gramática ninguna, sino a la existencia (determinada por los genes) de un conjunto de neuronas diferenciadas y especializadas (diferenciación y especialización que perderían cuando llegan al tercer o cuarto cumpleaños) que se impresionaran, cual sensor fotográfico ultrasensible, con los estímulos lingüísticos (auditivos, visuales y táctiles) rechazando los erróneos y seleccionando los correctos en función de su frecuencia, o de cálculos computacionales cuya naturaleza desconocemos. Si así fuera habría un proceso de imitación y fijación «in situ» en vez de una adquisición regalada del entramado de la lengua. Resulta difícil admitir que podamos heredar algún tipo de regla gramatical, por sencilla que sea, como también no es asumible que heredemos clase alguna de regla social.

Noam Chomsky declaró en numerosas ocasiones que si un lingüista marciano llegara a la tierra se daría cuenta de que todas las lenguas del planeta son semejantes, sin apenas particularidades propias. Y no solo eso, también cree que el lenguaje de los extraterrestres ―si es que los hay― no sería demasiado distinto del lenguaje humano; es decir, participaría de su Gramática Universal. El modelo de referencia son las leyes físicas que, en efecto, se cumplen (de momento) en cualquier sitio del universo. Sin embargo, la lingüística no es la física, como tampoco lo es la fisiología: ¿Un vaso de vino de Rioja produciría el mismo efecto en un marciano que el que produce en nosotros? ¿Y una botella?

 

No me lo contaron, lo vi yo

Daniel Everett es un lingüista conocido por sus trabajos de campo sobre el habla de los pirahã, en la Amazonía brasileña. Estos estudios lo llevaron a desafiar el universalismo lingüístico chomskiano, su hipótesis de la gramática universal y la aseveración de que la recursividad (la posibilidad de insertar una oración dentro de otra de manera indefinida) se da en todas las lenguas. La recursividad lingüística, nos dice Everett, no se halla en el pirahã. Su falta vendría determinada por lo que dio en llamar «Principio de Inmediatez de la Experiencia» (PIE).

El PIE obliga a que la comunicación entre los pirahã tenga que remitirse a la experiencia inmediata de los interlocutores; considerándose una experiencia inmediata aquella que fue vista o contada como vista por una persona viva en el momento del relato. Por lo tanto, el indio pirahã puede hablar acerca de lo no presente siempre y cuando lo haya visto él o haya alguien que responda de lo dicho porque lo vio. Llevado a la gramática, este principio le indica al hablante que codifique los eventos de uno en uno, en frases independientes, pues en  caso contrario no se podría seguir el rastro de la evidencia exigida por su idioma.

Estas investigaciones convirtieron a Everett en un relativista cultural más que en un relativista lingüístico, ya que entiende que lo que influye sobre el pensamiento de las personas no es la lengua en la que se expresan sino la cultura. La cultura, además, también afectaría a la gramática como lo demuestra la ausencia de recursividad del pirahã.

 

El pensamiento metafórico

Una de las figuras retóricas más importantes en la conexión entre pensamiento y lenguaje es la metáfora. En «Metáforas de la vida cotidiana», George Lakoff y Mark Johnson desvelaron, desde una perspectiva autonomista, el protagonismo que tienen las metáforas: el pensamiento metafórico es previo e independiente del lenguaje metafórico. Para estos autores la metáfora no es solo un asunto de palabras, todo lo contrario, defienden que «los procesos del pensamiento humano son en gran medida metafóricos».

El «pluralismo metafórico» es una de las facetas más relevantes de la teoría cognitiva de la metáfora de Johnson y Lakoff. Consiste en conceptualizar una realidad con varias voces diferentes. Por ejemplo; el trabajo puede ser referido como fuente de recursos, como independencia, como autorrealización, como actividad que da sentido a la vida, como esclavitud, etcétera. Esta elaboración es equivalente a la noción de «heteroglosia» concebida por el filósofo del lenguaje ruso Mijaíl Bajtín.

Nos enseña Bajtín que las lenguas no son homogéneas; están estratificadas: en géneros literarios (oratorios, periodísticos, novelísticos...); por profesiones (lenguaje de los médicos, de los abogados, de los activistas políticos...); y también está la estratificación de la lengua de uso común como consecuencia de la división de la sociedad en clases. Incluso nacen argots en el ámbito familiar. Esta multiplicidad origina una pluralidad de dialectos sociales, un «plurilingüismo social» que se caracteriza por variar con el momento histórico de la «vida verbal-ideológica» y con las generaciones.

El plurilingüismo social se difunde al individuo, debido a lo cual cada uno de nosotros tenemos distintas voces ideológicas en nuestra mente y cuando tomamos conciencia de su existencia las ponemos en diálogo entre sí; de este modo podemos hacer nuestras elecciones considerando los variados aspectos que toda realidad presenta. Como ya anoté, a este fenómeno Bajtín le dio el nombre de «heteroglosia» o «polifonía».

Asimismo, es preciso subrayar la idea de Lakoff y Johnson de que las nuevas metáforas son capaces de crear nuevas realidades cuando las introducimos en nuestro sistema conceptual y actuamos conforme a ellas. Aseguran que muchos de los cambios culturales se deben a este proceder: cambiar los conceptos metafóricos viejos por los nuevos. Esta posición es similar a la que Orwell refiere en «La política y la lengua inglesa» como primera regla para regenerarla: «No utilizar jamás una metáfora, símil u otra figura del discurso que uno suela ver impresa».

 

La tiranía del pensamiento

Reflexionando sobre lo que nos enseñan estos y otros estudiosos y estimando la propia experiencia, mis conclusiones son las siguientes:

1.- Sea o no heredada la facultad del lenguaje, eso no es lo fundamental desde el punto de vista filosófico. Lo trascendental en este sentido es, una vez  desarrollada dicha facultad, cómo se relacionan pensamiento, lenguaje y cultura. Esta relación yo la veo piramidal: en la cumbre está el pensamiento, el cual, a través de la lengua y valiéndose del cuerpo y de todas las demás cosas del universo, genera la cultura.

2.- La cultura es la materialización del pensamiento de individuos relevantes que por alguna razón se hace colectivo.  El lenguaje más que de la cultura es deudora de la vida en grupo, pues ese tipo de asociación fue el que posibilitó al pensamiento resolver las necesidades vitales, corporales y espirituales. Coincido, por tanto, con otros autores en que el lenguaje no es pensamiento, es una de las herramientas que tiene, construida por él mismo a lo largo de la evolución humana.

En conformidad con lo que vengo de decir, declaro que tampoco es pensamiento la denominada «mente extendida» (cuadernos de anotaciones, agendas, archivos informáticos personales...). Esta, de forma opuesta a aquel, se caracteriza por ser  extracerebral en lugar de  intracerebral. Y los recursos citados, como ocurre con la lengua, son simples herramientas del pensamiento; elementos anexos.

3.- No existe un mentalés, un lenguaje del pensamiento propiamente dicho. El pensamiento se hace consciente de modos diversos y bebe de distintas fuentes: palabras, imágenes, sueños, sentimientos, emociones, datos de los sentidos corporales... Todos estos fenómenos lo informan y los tiene a su disposición para desarrollar sus potencialidades que estarían genéticamente condicionadas (limitadas, no determinadas) de manera individual según el sexo, la raza y el conjunto del genoma heredado. Quiere ello decir que siendo equivalentes las demás circunstancias personales y sociales (herencia económica y cultural, nivel de instrucción y experiencia vital), las aptitudes de la mente no son idénticas en todas las personas.

Por consiguiente, el pensamiento no es un compartimento estanco; al contrario, se produce un «feedback» con esos estímulos y procesos. Diré que existe interrelación funcional y cognitiva entre ellos.

Siendo cierto lo anterior, afirmo que no hay impacto cognitivo del lenguaje sobre el pensamiento, lo que hay es un fuerte dominio del pensamiento sobre el lenguaje. En efecto; además de usarlo cuando lo juzga necesario, él es el origen mismo del lenguaje, de las lenguas y de toda su diversidad intralingüística e interlingüística. Se deduce de esto que lo adecuado no es tratar de explicar cómo el lenguaje nos ayuda a pensar, sino cómo el pensamiento utiliza el lenguaje para pensar. Algo que no es posible hacer en este lugar (ni en ningún otro).

4.- ¿Se puede vivir sin pensar? ¿Y sin lenguaje, sin hablar? El pensamiento nos aporta el ser, sin él no somos. Lo que nos hace humanos no es el lenguaje, es el pensamiento. Una persona puede ser sordomuda de nacimiento y carecer de lenguaje en sentido estricto, más no por eso pierde su competencia cognitiva ni su humanidad. Porque nuestra humanidad no reside en la lengua; reside en el pensamiento. En la lengua lo que radica es parte de nuestra identidad.

5.- El pensamiento no solo es autónomo respeto de la lengua y demás elementos de los que se vale para desempeñar su cometido, también lo es de la voluntad. En pocas ocasiones podemos elegir lo que queremos pensar o razonar, ni cuándo hacerlo. El pensamiento es un tirano, por lo tanto es apropiado hablar de una tiranía del pensamiento que incluso genera patologías mentales. La lengua es un títere en sus manos.

Él fue quien me permitió escribir este trabajo, que no está redactado por mí; lo redactó él: rehúsa una palabra y acepta otra, las ordena según las reglas gramaticales que conoce, y cuando considera que expresan lo que pretende mostrar se dedica a otro quehacer. De esta manera materializa su ser y lo pone a disposición de los demás.

6.- Como el corazón, el pensamiento nunca descansa: está en actividad durante toda la vida, también mientras dormimos. Debido a esto se puede aseverar que la vida cesa cuando el pensamiento cesa. En consecuencia, cuando se afirma que más del 95% de nuestro pensamiento es inconsciente, se está afirmando que más del 95% de nuestra vida y de nuestro ser también lo son.

7.- El hombre no viene al mundo programado; viene capacitado. Heredamos la capacidad para pensar, no los contenidos del pensamiento. No heredamos contenidos mentales estructurados, como los conceptos; heredamos comportamientos adaptativos que desempeñan funciones instintivas. Por ejemplo, heredamos el comportamiento adaptativo del robo y de la prostitución, pero no como conceptos, sino como acciones que se disparan en determinadas situaciones: sabemos que los primates ―y los humanos― roban comida a los congéneres, y las hembras acceden a tener contactos sexuales con machos abastecedores de alimentos. Es una realidad producto de la evolución. Realidad que nos desagrada porque pone de manifiesto quiénes somos y cómo somos.